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Los instrumentos navegacionales en los siglos XV y XVI

 

La aguja náutica

 

También llamada aguja de marear, la aguja náutica fue el instrumento náutico fundamental por excelencia en las navegaciones de los siglos XV y XVI. En un principio se utilizaron en el mar Mediterráneo pero posteriormente también en los barcos que navegaban por el Atlántico.

Las primeras encontradas datan del siglo XII y tienen una forma primitiva, una aguja imantada sobre un flotador en una vasija con agua.

 

En el siglo XIII y principios del siglo XIV, la aguja imantada se modernizó, decorándose con un disco que llevaba grabada una rosa de los vientos mediterráneos (la tramontana, el gregal, el levante, el siroco, el mediodía, el lebeche, el poniente y el mistral). Generalmente el norte se marcaba con una flor de lis y el este con una cruz en referencia a tierra santa, por su localización.

 

Como la distribución de la rosa en función de los vientos mediterráneos carecía de utilidad en el Atlántico, en este caso se dividió en 32 direcciones equidistantes o cuartas, de 11,25° , aproximación suficiente para las necesidades de la época.

 

Con la navegación en altamar surgieron nuevas necesidades, y es que había que internarse en el océano, y por tanto, situarse fuera de la vista de tierra durante largos periodos de tiempo. En estas condiciones, la navegación por estima resultaba insuficiente. A partir del siglo XV entró en práctica un nuevo método de navegación basado en la observación de los astros.

 

La aguja náutica llegó a popularizarse con el nombre siciliano de bussola (brújula) y el habitáculo en donde se encontraba, la bitácora (cajita).

 

Sabemos que la expedición de Magallanes y Elcano embarcó con 35 agujas náuticas.

 

 

 

El cuadrante náutico de altura

 

Para poder llevar a cabo la navegación de altura es fundamental conocer cuatro elementos: la longitud, la latitud, el rumbo y la distancia recorrida.

 

Durante el siglo XVI solo se podían obtener dos de ellos: el rumbo, gracias a la aguja de navegar, y la latitud, gracias al cuadrante y al astrolabio náutico.
 

 

El cuadrante náutico de plomada permitía medir ángulos tanto en astronomía como en navegación. Estaba formado por un cuarto de circulo graduado, dos pínulas metálicas de mira sobre uno de los radios y una graduación de 0° a 90°. La última cifra debía corresponder con el extremo del radio portador de las pínulas. Como índice para señalar la altura se utilizaba un hilo con una plomada que pendía del asa, situada en el vértice del triángulo.

 

Para utilizarlo se ponía el plano del cuadrante en vertical, a continuación se enfilaba el astro a través de las pínulas y el hilo señalaba en la escala graduada la cifra que indicaba la altura sobre el horizonte. Una vez obtenida la medición se debían aplicar correcciones debido a la inclinación de la trayectoria de la tierra con respecto al ecuador, con una inclinación unos 23,5°.

 

 

Para ello se usaban las tablas de declinación, llamadas regimiento del Sol, con las que se conocía la declinación del sol cada día del año. Las primeras de estas tablas se conocían desde tiempos muy lejanos, pero la más nombrada y probablemente fuente de la mayoría de las tablas astronómicas de la época fue la llamada Almanach Perpetuum Coelestium Motum, del judío salmantino Abraham Zacut, refugiado en Portugal tras la expulsión de 1492. La escribió en hebreo y posteriormente fue traducida al latín por su discípulo Joseph Vizinho.
 

 

 

 

 

El astrolabio nautico

 

El astrolabio náutico se utilizó, junto con el cuadrante náutico, para medir la latitud, obteniendo más información y de una forma más precisa en las mediciones. El astrolabio náutico, una adaptación de su homónimo terrestre, usado por los árabes para orientarse en el desierto, comenzó a utilizarse en el siglo XV y durante más de siglo y medio fue instrumento fundamental en las navegaciones oceánicas.

 

 

Normalmente eran piezas de bronce o de latón, aunque también las hubo de madera.

 

Fundamentalmente estaban constituido por un círculo graduado atravesado por cuatro radios situados a 90° uno del otro, una aguja en su eje central y una anilla de suspensión. La aguja contaba con una alidada con perforaciones para la visión. La parte inferior, de mayor grosor, permitía desplazar hacia abajo el centro de gravedad, haciendo el efecto de plomada para así disminuir la oscilación debido al viento o al movimiento del barco. Esto hacía que el diámetro horizontal coincidiera con el horizonte cuando el astrolabio estaba suspendido de la anilla.

 

Su manejo era muy sencillo. Durante el día la latitud se calculaba hallando la altura meridiana del sol, que se alcanzaba al mediodía. Para ello se enfilaba al sol con el astrolabio suspendido por la anilla. Un rayo atravesaba las dos perforaciones de la alidada y el índice señalaría la altura del mismo en la graduación. Una vez obtenida la medición, con las tablas de declinación se aplicaban las correcciones pertinentes debido a las variaciones como consecuencia de la trayectoria elíptica de la tierra.

 

Estas tablas de declinación del sol (la distancia del cénit del sol al norte y al sur del Ecuador, al mediodía, en cualquier día) fueron compiladas en un almanaque que creó Abraham Zacut, judío español que fue profesor de astronomía en Salamanca, utilizando las tablas ya estudiadas por los árabes siglos antes.

 

Por la noche, el cálculo se realizaba observando la altura de la estrella polar cuando estaba en el meridiano. En este caso se tenía como referencia las guardas de la constelación (las estrellas Kocab y Pherkad) que giran en torno a la Estrella Polar como las manecillas del reloj.

 

 

 

 

 

La ampolleta

 

En el siglo XVI se podía conocer el rumbo gracias a la aguja de navegar y la latitud gracias al cuadrante y al astrolabio náutico.

 

Sin embargo, para medir la distancia recorrida era necesario calcular la velocidad y el tiempo transcurrido, y para ello no había instrumentos precisos.

 

Para conocer la velocidad era necesario tener en cuenta la capacidad de marcha de cada tipo de nave, así como el conocimiento de la acción del viento y el mar, y para ello era necesario tener una gran experiencia.

 

Por su parte, para el cálculo del tiempo se utilizaba la ampolleta o reloj de arena, generalmente de media hora, aunque llegaron a existir ampolletas de hasta cuatro horas. Éstas formas de medición, imprecisas y poco científicas, eran causa de frecuentes errores.

 

Las ampolletas estaban normalmente construidas de cristal y madera. Originalmente constaban de dos botellas de vidrio colocadas una sobre otra y conectadas por un tubo. El progreso del soplado del vidrio permitió construir ampolletas de una sola pieza.

 

El bulbo, lleno de arena o de virutas finamente molidas de estaño o plomo, se colocaba en la parte superior y, por efecto de la gravedad, la arena fluía lentamente hacia el bulbo inferior. Una vez había fluido toda la arena a la mitad inferior, se giraba la ampolleta para medir otro periodo.

 

La ampolleta no era un instrumento muy preciso para medir de forma fiable el paso del tiempo, ya que había factores que podían afectar su flujo, como la humedad, la homogeneidad de la finura de los granos de arena, la posición más o menos horizontal de la ampolleta, los movimientos del barco o el factor humano.

 

Sabemos que la expedición de Magallanes y Elcano embarcó con 18 ampolletas.

 

 

 

La ballestilla

 

La ballestilla era un instrumento utilizado para medir tamaños o distancias por medio de ángulos. Cuando decimos que un objeto mide un determinado tamaño estamos diciendo que nuestras visuales dirigidas a los dos extremos del objeto forman un determinado ángulo. Por lo tanto, hablamos del término tamaño o distancia angular.

 

Por su forma de cruz, a su antecesor se le llamó báculo de Jacob, y fue una herramienta muy utilizada por astrónomos y navegantes en el siglo XVI. Consistía en un mástil de madera con piezas cruzadas perpendicularmente, también de madera, unidas al mástil por su mitad y con la posibilidad de deslizarse a lo largo del mástil en toda su longitud. Permitía medir ángulos en cualquier posición.

 

Para medir ángulos en el cielo con este instrumento se acercaba el ojo al extremo de la barra más larga (el mástil) y se desplazaba la barra transversal hasta tener enfilado cada astro con cada una de las piezas cruzadas. La graduación en el mástil marcaba la distancia angular entre los objetos observados, según la distancia entre el punto de mira y el centro de la pieza.

 

 

 

El portulano

 

Los portulanos, también conocidos como cartas portulanas, eran manuales, generalmente en forma de libro, que se usaban en la navegación medieval y en los que aparecían listas sistemáticas de puertos (de ahí su nombre), las distancias entre ellos y las direcciones para dirigirse de uno a otro.

 

 

Usaban una red de líneas rectas que se extendía en la dirección de los puntos de la brújula, proporcionando direcciones de navegación y la ubicación de los puertos, y mostrando así mismo varias características costeras.

 

Las cartas portulanas se caracterizan por:

 

•Una red de rumbos (una malla o especie de tela de araña), construida a partir de una o dos circunferencias directrices formadas por 8,16 o 32 rumbos de los vientos que las cruzan en todas direcciones y por un número variable de rosas de los vientos

 

•Abundante toponimia costera rotulada perpendicularmente a la línea de la costa, principalmente referida a los puertos, señalados en color rojo o negro, según su importancia

 

•Una escala gráfica denominada tronco de lenguas que permitía medir distancias sobre la carta

 

•Ornamentación simbólica en el interior de los continentes, como banderas, personajes, animales, iglesias, etc., para salvar la falta de información del momento

 

A partir del siglo XV, los cartógrafos fueron enriqueciendo las cartas portulanas, convirtiendo estos instrumentos de navegación en auténticas obras de arte.

 

Debido al interés mostrado por las altas esferas de la sociedad en temas como la cartografía, la navegación o la astronomía, aumentó su demanda y se desarrolló el gusto por el coleccionismo. De esta manera, este tipo de cartografía consiguió pasar a formar parte de las ricas bibliotecas de las clases altas como copias de lujo. Gracias a ello se han conservado y han pasado hasta nuestros días.

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